2 de Mayo – Un canto heroico

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(Del libro “Eugenio o la Proclamación de la Primavera”)

Paseaba yo por Recoletos. Era en la mañana del 2 de mayo de 1935. Lucía un sol limpísimo y en los árboles, las calles y las mangas de riego se adivinaba una gracia de primavera. Iba distraído, mirando a las muchachas, sorbiendo el aire apaciblemente, sin prisa. Madrid se me aparecía más claro que nunca y yo procuraba poner en orden mis notas sobre la ciudad.

(-Pero aquel debe ser el camarada Eugenio.)

Pasó un grupo de exploradores y luego, rápido, un auto ministerial.

(-A Madrid le sobra la calle de Alcalá y le falta la plaza de España. Y la plaza del Dos de Mayo. Y la plaza de la Falange. No. Vía de la Falange es mucho mejor. Señala caminos y parece que ha de haber flechas indicadoras cada dos puertas. Por lo menos, cada cuatro.)

Calor. La poca gente que circulaba iba deprisa, huyendo del sol de las doce. Un sol perfecto y definitivo que hacía mucho bien. Era como un sol profético

(-Indudablemente, aquél es el camarada Eugenio.) Me paré a comprar un periódico. Acostumbrado a mi cartera de estudiante, al ir sin ella no acertaba a mover las manos, que balanceaba sueltas vacías de gesto, como si las moviese un aire inexistente. Encendí un pitillo y hallé una ocupación para cada mano. Después seguí tranquilamente, seguro de que mi andar era firme y de que no me pondría los brazos cruzados por la espalda al paso de una muchacha.

(– Sí. Es el camarada Eugenio.)

Eugenio miraba fijamente un edificio. Tenía aspecto indignado y todo él era un haz de nervios tensos, dispuestos al asalto. Por momentos parecía la cólera más intensa en sus ojos.

– ¿Qué haces aquí, Eugenio? Sin responderme, me alargó un recorte de periódico, gacetilla sin sal y sin pena: “En memoria de los héroes del Dos de Mayo. -La Orden del Dos de Mayo de 1808 y el primer Comité Local de la Cruz Roja Española celebrarán los siguientes actos conmemorativos de la patriótica solemnidad. A las once de la mañana en la tradicional iglesia de Santos Justo y Pastor, se celebrará el funeral en sufragio de los héroes del Dos de Mayo. A las nueve y media de la noche, concierto por las rondallas de la Asociación de excombatientes de España. A las diez y media, concierto por la banda de la Cruz Roja, con el siguiente programa: Primera parte. -” El Dos de Mayo”  (pasodoble), Chueca. “La del manojo de rosas” (selección), Sorozábal. “De Huelva”  (fandanguillo), M. Romero. Bulerías de la revista “Socorro en Sierra Morena”, Luna. “La canción del olvido”  (fantasía), Serrano. – Descanso. La segunda parte se compondrá de piezas bailables. Durante el descanso se quemará una colección de fuegos artificiales. La Comisión organizadora de estos actos hace gestiones para que por medio de reflectores sean iluminados el Arco de Monteleón y la estatua de Daoíz y

Velarde.”

Me eché a reír.

-No te rías. Mira. ¿Conoces ese edificio? Es la embajada de Francia. He venido a manifestarme, a apedrear los cristales. (El camarada Eugenio es así. Ya no me cabe ninguna duda: es el camarada Eugenio.) Cada vez más excitado, siguió:

-Un desfile militar. Cañonazos cada media hora. Pasodobles de Chueca. “La del manojo de rosas”. Un pueblo de cretinos bailando sobre el heroísmo. La Comisión mendiga luz. Las tropas marcando el paso con los cosacos del Kazán y el alcalde fumándose un puro. Esto, si no es una maniobra francesa, lo parece. Voy a manifestarme.

-Pero, Eugenio, por favor, no hagas tonterías. Anda; vámonos.

-Tú eres poeta. Debes indignarte. Para estas horas está haciendo falta un canto civil, heroico. Pero la burguesía prefiere la música de Sorozábal.  ¡Qué hermoso desfile con antorchas, encendiendo la noche como una gran hoguera emocional!

Eugenio comenzó a gritar. La gente nos miraba, extrañada de su aspecto. Estaba hermoso en su cólera. Se sentía capaz de levantar una barricada para él solo o de lanzar un manifiesto viril. Su chaqueta, muy abierta por la posición de los brazos en alto, dejaba ver la camisa azul del uniforme. Era fuerte, sano, valiente.

En aquel momento salió un señorito de la Embajada, y Eugenio, el bien engendrado, corrió hacia él. El señorito, un poco asombrado de todo aquello, ha intentado seguir su camino. Pero mi camarada, cortándole el paso, le ha dicho: – Te vas a pegar conmigo.

Yo estaba inmóvil. La gente comenzaba a pararse. Avancé hacia Eugenio. El señorito, despistado por la sorpresa, ha querido decir algo; pero un gesto de Eugenio le ha puesto en guardia. Lleva en la solapa la insignia de un partido burgués. Eugenio ha comenzado a golpearle. El señorito se defiende bastante bien, pero su sombrero cae al suelo, y eso le ha perdido. Su sombrero era su defensa. La gente lo creía persona respetable cuando el sombrero cubría su cabeza. Ahora, la cosa se ha reducido a una riña de muchachos. La gente comienza a andar. El señorito se ha desplomado bajo la furia de Eugenio en el preciso momento de acercarse los vigilantes.

(Es Eugenio. Es Eugenio.)

Esperaba en pie, firme, a que el adversario se levantase. Ya tenía encima los guardias, cuando yo, de un empujón, le he separado de ellos, gritando:

-De prisa, Eugenio; de prisa. A los guardias les ha debido hacer gracia la cara del señorito, porque en lugar de perseguirnos, lo levantan del suelo. Pero, oh, el “valor cívico”  de los escasos transeúntes que se lanzan en nuestra persecución. Son los que luego dirán: “Estuve a punto de cogerles.”  Corren sin ganas. Cumpliendo su “deber cívico”  para que esta noche la prensa hable de que el público reacciona contra los perturbadores de la paz social. A la vuelta de la calle ha ocurrido algo verdaderamente gracioso. Eugenio, molesto, ha dado cara a los perseguidores mientras se buscaba el pañuelo. Tres ciudadanos han frenado repentinamente. Uno, ya con la barriga en el suelo, ha querido gritar:

-Cuidado; llevan pistolas.

Pero su voz ha sido delgadísima. Otra carrerita. Y tranquilos nos sentamos en un bar.

(Verdaderamente, éste es mi camarada Eugenio.)

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